The Story of an idea


"Squish había pasado las últimas dos semanas durmiendo menos de 4 horas, y no era porque quisiera. Sentía que recién lograba conciliar el sueño minutos antes de las 4 de la mañana, teniendo que levantarse a las 7:30 para alistarse e ir al trabajo.
Todos los días eran muy parecidos: se levantaba, se lavaba los dientes, se echaba agua suficientemente fría en la cara para despertarse de golpe y llegaba al trabajo exhausto. Regresaba a casa en el mismo estado, pasaba un rato en su computadora y, cuando pensaba que era un buen momento para ir a dormir, diez mil ideas empezaban a dar vueltas en su cabeza. Referencias visuales, música que había escuchado, ropa que había visto, algo que lo había inspirado... Todo cobraba sentido en la noche. Ideaba negocios en su cabeza, pensaba en las palabras adecuadas para cerrar un trato, en el guion de una película, o incluso en un nicho novedoso para empezar un canal de YouTube. El problema era que ya estaba acostado, dispuesto a dormir para levantarse con energía al día siguiente y trabajar. No podía salir de la cama a esa hora para empezar a escribir el guion de una película, así que simplemente se giraba una vez, 20 minutos después se giraba otra vez, abrazaba una almohada, se ponía un antifaz, intentaba contar ovejas o controlar su respiración para, en algún momento de la noche, finalmente quedarse dormido y volver a levantarse a las 7:30.
Ese día no fue como otros en la oficina; había mucho trabajo por hacer, y Squish iba a necesitar estar al 100% para ser productivo. Recibía indicaciones de su coordinador y ya podía ver que sería difícil concentrarse en el estado en el que se encontraba.
Finalmente, llegó la hora en la que acababa su jornada, y aunque no terminó ni el 15% de lo que se le había encomendado, al menos la empresa respetaba bastante el horario de salida de sus trabajadores. Mientras caminaba a casa, decidió cambiar de ruta, caminar por otras cuadras y reconectar con su camino habitual al final.
Se sintió bien al ver lugares “no nuevos” pero sí distintos a lo que estaba acostumbrado a ver todos los días. Pasó por calles por las que no había caminado en varios meses, y había nuevos negocios, algunas tiendas muy coloridas y una iluminación que le llamaba la atención. También había nuevos edificios, muros que ya no estaban y que ahora eran parques.
Podría decir que, cuando cambió la ruta, un 10 o 15% de las primeras cuadras habían cambiado y notaba cosas nuevas, pero conforme seguía caminando, hasta el 70% de lo que veía no lo reconocía, y solo había girado unas pocas calles distintas de la ruta que solía tomar. Esto ya le parecía extraño. Su sentido de alerta se activó y, por un momento, incluso pensó en retroceder por donde había venido, pero sabía que solo tenía que girar unas esquinas más para volver a su curso, así que siguió.
Giró una esquina más y ¡PUM! Nada de lo que esperaba ver en esa cuadra le resultaba familiar. Squish entró en pánico por un momento, pero guardó la compostura y hasta pensó que sería una buena anécdota que contarle a sus amigos. Ya estaba oficialmente perdido, pero no era nada que preguntar a las personas que se movían por esa calle no pudiera resolver. Frente a él caminaba alguien dándole la espalda. Parecía un hombre muy alto y delgado, con un saco de vestir que le llegaba casi hasta el suelo y un sombrero homburg que combinaba con todo el atuendo en un tono marrón muy cálido.
Squish se acercó y, sin necesidad de tocarle el hombro, solo alzó la voz. “Disculpe, ¿señor?...”
Si algo pudiera devolverle el alma al cuerpo, es justo lo que Squish necesitaba en ese momento. El ataque de pánico volvió, pero mucho más fuerte. Las pupilas se le dilataron, sintió el rostro helado y un sudor frío descendiendo por su frente. Aquel personaje con saco y sombrero homburg no era nada más ni nada menos que un perro antropomorfo, un gran danés en forma de humano, vestido y fumando un cigarrillo. El perro abrió la boca y le respondió: “¿Sí? ¿En qué lo puedo ayudar, caballero?”
