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Abismo infernal

Era el quinto o sexto día más largo de mi vida. Cenábamos pescado con ostiones y mariscos salados con gusto a playa. La noche se alzaba azul y contaminada en el firmamento; desde la ciudad no se veían las estrellas, pero, de poder verse, seguro arderían en nuestras corneas. Luego de comer, vimos la televisión; al finalizar y tras despedirnos, partimos a nuestras cálidas alcobas y, en el marco de mi ventana, encontré una llave. No le presté atención y tras decirme a mí mismo que era una llave y nada más me preparé para dormir. Soñaba que caía al abismo infernal, aterrorizado; me pregunté si había muerto y si eran verdad esas historias que solía escuchar en la iglesia a la que asistía una o dos veces al año, por algún bautizo, matrimonio o velorio. Era como un pozo sin fondo. Me logré agarrar de la pared con mis garras como de animal, y es que mientras más tiempo pasaba en ese lugar, más animal me volvía. Exclamaba pidiendo ayuda y cuando llegué a la cima había una puerta que nadie custodiaba, pero tenía cerrojo y el pomo me quemaba la mano. Entonces recordé la llave que había encontrado, de la cual no me había preocupado, de dónde salió, qué hacía allí ni por qué la tendría. Igual que mi vida, más que larga y aburrida, ahora me parecía reconfortante y brillante, y cómo lamentaba no haberla apreciado, porque no pasé más tiempo con los que quería en vez de enfrascarme en el ocio y en un empleo que no me gustaba realizar, porque no tomé el control de mi vida cuando era libre, no como ahora que estoy magullado y encerrado en la oscuridad. Y es que uno extraña más lo no vivido que la propia vida.